martes, 25 de marzo de 2014

SOBRE LA TRANSFERENCIA EN FREUD

Entendemos por transferencia un género especial de relación respecto de una persona; es un tipo característico de relación de objeto. Lo que la distingue principalmente es el tener por una persona sentimientos que no le corresponden y que en realidad se aplican a otra. Fundamentalmente, se reacciona ante una persona presente como si fuera una del pasado. La transferencia es una repetición, una reedición de una relación objetal antigua. Es un anacronismo, un error cronológico. Se ha producido un desplazamiento; los impulsos, los sentimientos y las defensas correspondientes a una persona del pasado se han trasladado a otra del presente. Es primordialmente un fenómeno inconsciente, y la persona que reacciona con sentimientos de transferencia por lo general no se da cuenta de esa distorsión.[1]
 Para comprender el concepto llamado transferencia, se hace  necesario situarnos en dos posiciones, a saber; un fenómeno observable que posee una explicación fenomenológica y lo que Freud llamaría una explicación metapsicológica.
La primera, es la resultante del traslado del afecto que corresponde a vivencias del pasado en el presente, en este caso con el psicoanalista; se ven escenas del pasado o los aspectos que corresponden a ella en escenas actuales (temporalización). La segunda explicación – metapsicológica-  la podemos abordar argumentando que se produce un traspaso de energía libidinal que corresponde a una representación de deseo inconsciente reprimido hacia una representación o palabra (pre-consiente) que mantiene un tipo de relación asociativa desconocida por el “YO” pre-consiente. Dicho en otras palabras, la “cantidad” de afecto correspondiente a la representación – objeto – reprimida, perteneciente a sucesos de la infancia, donde se vuelven correspondientes con representaciones de objeto de la vida actual, del presente, y que resultan inusitadas y en general inadecuadas. En la transferencia se “hace” actual el suceso infantil,  que es su verdad  material y arcaica en la intensidad del afecto con que se revive la escena, sin recordarla en la actividad de la memoria consiente (verdad histórica). La  pulsión o deseo reprimido, no está domado, solo se expresa como puro desplazamiento a un suceso actual, que a través de la asociación revive aquella pulsión como si fuese presente. En la transferencia tenemos la representación de un deseo objetal inconsciente reprimido, cuyo “velo” logra retornar de lo reprimido, por un desplazamiento de la energía a una representación pre-consiente. La actualización en términos prosaicos, opera entre lo inconsciente y el “YO”, entre verdad material e histórica, entre lo arcaico, lo primitivo lo perdido, en contraposición de un “YO” que se resiste a ser devorado en las fauces de la perdida, ya que en ella habita la angustia y el olvido.


Freud como si de una lógica darwinista se tratase, plantea que la supervivencia del yo se da en base a representaciones de extrema complejidad, porque en ella se encuentra la posibilidad de reconciliación de este “yo” con el pasado y lo perdido. El “yo” opera como un agente temporalizador, desde donde el mismo “yo” actúa como un montaje y un relato. 
Se trata de una repetición que consiste en satisfacer en el presente y con una cierta persona un deseo (realizado o fantaseado) con un objeto de la infancia del sujeto, desde ahí,  al servicio del principio de placer. También se repite, sin embargo, el deseo fantaseado edípico de la sexualidad infantil aunque nunca haya tenido satisfacción, por lo que se transforma en objeto de deseo-fetiche a posteriori.
Esta evidente relación entre inconsciente y tiempo – para el sujeto – se explica en que todo proceso inconsciente se sitúa fuera del tiempo. No posee ningún atisbo de cronología destructora del eje temporal que al carecer del tiempo, esta siempre latente como pulsión, en esta actualización se nos aparece una sustitución de una verdad material primaria, una independencia, una autonomía del tiempo, y la sustitución de la realidad exterior objetal por una psíquica, donde la alteridad de esa verdad material no puede ser apropiada por el aparato racional del “yo” consiente. Es aquí, donde el “totalitarismo” del “yo” se cruza en un gesto, un instante de extrañamiento entre la bestia reprimida y la bestia represora. La perversión de lo inconsciente rompe con el eje temporal, lo ante cruza, lo penetra y es ahí donde surge el “yo” como agente normalizador poniendo orden. Desde ahí es donde actuamos, desde un “yo” que crea su propia escena, en un montaje historiado, es como un actor que en su monologo se sitúa de pronto en el ágora de Atenas como en las murallas de Ilion, de forma simultánea, transponiendo tiempo, espacio y lógica en función de su monologo.
El tiempo, aparece como la posibilidad de sacudirse de la angustia de lo perdido, en un recuerdo racionalizado-temporalizado-actualizado, transformado en olvido para así alejar la perdida original del paraíso de la lactancia y de la perversión sexual originaria.

CLAUDIO PEREIRA
2009




[1] Greenson R, Técnica y práctica del psicoanálisis. Buenos Aires, Siglo XXI, pág. 155.

FRAGMENTOS DE LA HISTORIA DE WALTER BENJAMIN


El iluminismo nos abre a la posibilidad de un avance de la humanidad, en un sentido lineal, con una meta, un lugar (telos), por alcanzar mediante la razón. La ilustración y el progreso irían de la mano, este es su lema, pues como decía Kant, pareciera que la humanidad ha alcanzado su madurez. El progreso humano solo es posible en la medida en que el hombre se haga cargo de su propio destino, a través del conocimiento, como también de su capacidad de relacionarlos con su propia existencia. Benjamín hace una crítica al historicismo, que para él es la herramienta del poder, un poder y saber que van de la mano, en un discurso ideológico que justifica su propia necesidad de cubrirlo todo con ese saber y sus logros alcanzados. Es el síntoma verosímil de la eficiencia y lo incuestionable. El hombre al hacerse cargo del uso de su propia razón, debe asumir el precio de ello. El racionalismo lava sus manos de este precio pagado por la humanidad, no se hace cargo de su historia y de su propio origen. Para Benjamín, el materialismo histórico da cuenta de ese mito, de la mentira que el iluminismo y la modernidad encarnan, como portadora del horror en la historia humana.
 “La historia la escriben los vencedores”, decía Voltaire. El historicismo selecciona en forma intencionada, utilitaria, instrumental, hechos y situaciones históricas, para sustentar su metarelato. En ese relato, la modernidad y el Iluminismo, se constituyen en una verdad universal, como representantes del progreso y la libertad humana, el fin del miedo. Los vencedores eligen su propia historia, la historia ideal, perpetuando su triunfo sobre las fuerzas oscuras. Con esto el poder alcanzado está a salvo. El historicismo ahoga y acalla las miles de voces, los alaridos de dolor y sed de justicia. La teleología, al ser sospechada, develada en su mito, dará cuenta de lo anónimo, de lo paralelo, lo acallado y violentado por los triunfadores. El materialismo histórico rescatará estas voces, estas historias que en nuestra realidad ya no nos hablan.

El tiempo homogéneo y vacío, reposa en el meta relato histórico y en su repetición. La explotación del hombre, la violencia, el poder y la dominación, son evacuadas del discurso del hombre y de la historia; el relato del sufrimiento humano es un relato mudo, una mirada tal vez, un gesto. La fuerza débil de la historia, la vida que no es vida, esclavizada, carente de sentido, vacía, una “vida nuda” como decía Agamben. Lo mesiánico que es más que la subversión, más que la revuelta, es la revolución que liberaría a toda la humanidad, la derrota de las fuerzas fuertes eternas vencedoras, las fuerzas de la otra ética, la del amor, la de los perdedores, la de la justicia. El hombre reconocerá así su pasado, su verdadero pasado que no es el pasado que aprendieron de los vencedores, que no es lineal, que no está cerrado. Solo así el hombre dejará de estar ciego ante la venda que la concepción burguesa de la historia, le entregó, con la promesa de que vería por fin la realidad y la historia tal como es. Esto lo logrará el materialismo histórico.  

La memoria, como concepto, poesía es. La vida desdeñada y maltratada, la humillación y la penuria en la desidia histórica. La liberación de las generaciones futuras y las del hoy, irá acompañada de las generaciones pasadas, y hará justicia a esas voces implorantes de sentido, de su propio dolor y sacrificio. El  materialismo histórico se hará cargo de esa tarea, preparará el camino a lo mesiánico, siendo lo mesiánico ya, la redención y la  emancipación de la mentira universal de la historia burguesa. Viendo nuestro pasado como presente, como nuestro a su vez, podremos darnos en totalidad, hacer la historia y tomar el destino en nuestras manos a través del materialismo histórico.



VI. Pensar el pasado no es tratar de reconstruirlo, es un sentir el peligro de ser vencido por la fuerza opresora. Es no dejarse seducir por ella, es decirle “No importa cuanta belleza me muestres, cuanto goce me prometas, cuantas promesas me hagas, voy por ti…..” Así las voces de los vencidos, de los engañados, podrán suspirar y descansar y sus sacrificios no serán en vano.



XVIII. La arrogancia del hombre, de pensarse a sí mismo como único en el cosmos, como la máxima expresión de la vida evolucionada, no es más que un ínfimo instante en la historia del universo. Ínfimo insecto el ser humano que cree que la historia del universo le pertenece, decía Nietzsche, no es más que un suspiro del Ser. La revolución que llegará a resumir este instante todo en un suspiro de justicia y libertad.




SOBRE LA DIALECTICA DEL ILUMINISMO DE ADORNO Y HORKHEIMER

Adorno y Horkheimer disparan su crítica directamente a la Ilustración. La idea central que exponen estos autores en los albores de su “Dialéctica de la ilustración”, refiere a que el programa de la “Aufklärung” fue el desencantamiento del mundo, a saber, el fin de los mitos y el consiguiente reemplazo de la fantasía por el conocimiento. El desencantamiento del mundo (“Die Entzauberung der Welt”, según la frase de Max Weber) es la extirpación del animismo. Según Adorno y Horkheimer, es evidente que para el Iluminismo todo lo que no “calza” con las reglas del cálculo y de la utilidad es dudoso. Cada residuo espiritual que la Ilustración encuentra en su camino al progreso no hace más que reforzar su propia fundación. Este es su carácter totalitario. La dialéctica de la Ilustración es una reflexión sobre las transformación de la modernidad en una verdadera mitología que parte con la formulación de un problema; ¿Por qué la humanidad se esta acabando a si misma en una nueva barbarie? El proyecto de la modernidad fue enriquecido en su génesis por la posibilidad histórica de crear una sociedad más racional, por tanto, más humana. Y digo más humana porque la premisa fundamental del Iluminismo y de la modernidad era la emancipación o liberación del hombre como valor supremo a tal punto que la libertad social es inseparable de la misma razón ilustrada. Es pertinente entonces formular la pregunta  de la autodestrucción de la razón que lleva a la barbarie bélica (guerras mundiales, holocausto) de la sociedad moderna, es preguntarse sobre la autodestrucción de la misma Ilustración. El Iluminismo  se destruye a si mismo cuando esta se convierte en un mito; “La ilustración es el temor mítico hecho radical” [1]
Este nuevo tipo de barbarie como naturaleza caída del hombre moderno no puede ser distanciada del progreso social que sin lugar a dudas va asociado al mismo proyecto. Con fuerte influencia de Max Weber, Adorno y Horkheimer destacan que el programa del Iluminismo fue el desencantamiento del mundo, la disolución de los mitos y la sustitución del conocimiento por la moda. Como antes señalé, para Adorno y Horkheimer el desencantamiento del mundo es la destrucción del animismo. Este anti animismo implica que todo lo que no se ajusta a las leyes del cómputo y la utilidad se piensa como irracionalidad y por ende una regresión, una vuelta atrás. El Iluminismo es progresivo y totalitario en un mismo movimiento. Para el “aufklärung” el principio básico del mito es el antropomorfismo. Esto guarda relación con el Psicoanálisis y el despertar del Yo en el hombre, que reconoce al poder como principio de todas las relaciones humanas. La semejanza del hombre con dios es el poder por sobre toda la existencia. Sobre el Ser, el dominio del mundo.

Lo abstracto, que es no solo la herramienta principal del Iluminismo sino también su mejor fetiche, trata a los objetos según su propio proyecto; la manipulación de estos y su destrucción. La matriz del dualismo cartesiano sujeto-objeto de la metafísica moderna, echa raíces en la distancia entre la cosa misma que el amo obtiene de los esclavos. La dominación conceptual de transforma en real. En el trabajo humano y su dominación opresiva, el primero evacua el mito al mismo tiempo que retorna a este. Homero, en la epopeya de Ulises (prefiero Odiseo) hace una mixtura entre el mito y el trabajo racional. Odiseo tiene dos opciones  ante el embrujo de las sirenas y sus cantos. La primera esta dentro de lo pragmático; poner tapones en los oídos de los marineros para que estos no escuchen el canto embrujador de las sirenas y así puedan remar sin perder el rumbo y la otra es contemplativa, subjetiva, para él mismo; amarrarse al mástil del barco y neutralizar de esta manera la llamada de las sirenas, que se convierte en el objeto de su admiración y contemplación. Se convierte en arte. Las herramientas o dispositivos de dominación son el lenguaje, las armas y en último término las maquinas. Estas herramientas que son creación humana se hacen independientes de quien los creó y terminan subyugando al hombre. El relato de Homero expresa la unión entre mito, dominio y trabajo, nos dice Adorno y Horkheimer. Odiseo escucha el canto de las sirenas pero al hacerlo, deja atrás el mito, lo vence. Sabe qué ha dejado atrás y ya nada será igual. Debe solo vivir para el presente.  Con ello separa el canto, la poesía, lo sublime, de un mundo práctico, un mundo orientado al hacer, separado del arte mismo de la actividad vital del hombre. El temor de Odiseo a perderse, es el temor que el Iluminismo encierra en su pretensión universalista. “El hombre cree estar libre del terror cuando ya no existe nada desconocido”[2] y “Nada absolutamente debe existir fuera, pues la sola idea del exterior es la genuina fuente del miedo”[3]Odiseo sabe que para subsistir de debe hacer oídos sordos al canto de lo irremediable. Odiseo posee un saber y hace que los remeros trabajen para él. Y sabe lo que es mejor para ellos. Estar sordos ante el sonido del Ser. El pensar y el imaginar queda relegado al plano del arte, donde poco peligro representa. Cuando Odiseo disciplina a sus remeros, disciplina a través de una libertad contraria a la propia conciencia del hombre. Su dominio sobre sí mismo, se trasforma en el supuesto dominio del hombre de sí mismo, en un engaño total de las masas, engaño que es reproducida por estas. El ideal ascético de Odiseo se transforma en el mito de la burguesía. La negación de la felicidad y la dedicación al trabajo y a la producción. La unidad del colectivo como unidad es ya la negación de la singularidad misma. Las masas histéricas (parafraseando al  Führer alemán) no son una vuelta atrás, es el triunfo mismo de la igualdad opresiva.
 El Iluminismo reconoce como ontológico y eventual solo lo que puede aprehenderse como una unidad, el ideal es un sistema del cual emergería toda la realidad;”Antes los fetiches estaban bajo la ley de la igualdad. Ahora, la misma igualdad se convierte en fetiche”[4] La ciencia unificada, racionalista y empirista es el postulado básico del conocimiento, la lógica formal (herencia cartesiana) es la escuela que forma esta ciencia y pretende someter a la naturaleza. Adorno y Horkheimer en su texto se refieren a Francis Bacon como uno de los principales exponentes de este nuevo paradigma, el de la conciencia científica moderna, (parafraseando a Morris Berman). Bacon, considerado como el padre de la filosofía empirista, nos dice que es necesario acosar a la naturaleza (natura vexata), al objeto en su “New órganon”, “Disponga de una situación de modo que tenga que responder sí o no”[5]. Bacon hace un llamado a hacer que la naturaleza hable, para así saber “como” se comporta y poder explotarla. Solo el método experimental ofrece una certeza irrefutable. Bacon es un enemigo de lo tradicional, de la ingenuidad, la creencia. Este cambio de paradigma, de cosmovisión de mundo, el paso del mito  al  mundo de la ciencia, pretende fundamentalmente establecer la inutilidad del primero y efectividad del segundo, como poseedor de verdad y certeza. El mito se constituye y se fundamenta en base a la repetición y  que mediante este proceso, se refuerza a sí mismo, tornándose un metarelato que transciende en el tiempo. No se basa en la comprobación, sino en la fe, en un ethos, un modo de ser, que para la modernidad es sinónimo de primitivismo y atraso, de irracionalidad, de oscuridad. En contraposición a esto, la ciencia moderna pretende poseer la capacidad de llegar la verdad, ofreciéndonos certezas y no en base a un relato, pues posee un método que todo lo comprueba y lo demuestra (tengo mis serias dudas). La conciencia científica moderna que la ilustración promueve, destruye la relación del hombre con el mundo, la relación del hombre con otros hombres, es la ideología de la separación, y precipita a la historia humana en un callejón más oscuro del  cual el mismo iluminismo quería alejarse, justificando la destrucción  del planeta, la matanza de los seres vivos y la matanza entre hermanos. (El hombre genérico que nos hablaba el viejo Marx).



[1] Theodor Adorno, Max Horkheimer, “Dialéctica de la Ilustración” (1947), pág. 70
[2] Theodor Adorno, Max Horkheimer, “Dialéctica de la Ilustración”, (1947), pág. 70
[3] Ibíd., pág. 70
[4] Ibíd., pág. 71
[5] Berman, Morris, “El reencantamiento del mundo”, pág. 21

EL FENÓMENO DE LA COSIFICACION DE GEORG LUKÀCS (TEORÍA CRITICA)


Para Lukàcs el concepto de mercancía  se constituye como el problema estructural central del modo de producción capitalista. Para este autor la forma mercancía es una relación entre personas que adopta la naturaleza de una cosa, en otras palabras una relación entre hombres y su trabajo que se transforma” en una relación entre objetos: No solo de objetiva el producto humano y se cristaliza en un “mundo de objetos”, sino también se objetiva el hombre mismo en tanto que el hombre ya no se percibe como sujeto, sino como objeto, en función de las leyes “naturales” del mercado. El trabajador pierde su relación directa con el todo de su trabajo y esta relación perdida, se expresa solo en trabajo abstracto, productor de valores de cambio, instalándose en la misma conciencia del trabajador. Esta descomposición del proceso del trabajo, como mecanización racional, separa las cualidades psicológicas del trabajador de su personalidad total, objetivándose con intención de insertarlas en sistemas racionales de especialización reducidas al formalismo calculista. Para ello la división social del trabajo es la condición que permite romper dicha relación del trabajador con el producto de su propio trabajo: Así el trabajo mismo pierde su vinculo con la unidad orgánico-irracional que esta, según al autor, cualitativamente determinada. Esta separación viene a reemplazar la concepción orgánica y espontanea en relaciones racionales formales cosificadas, como un proceso económico unitario, produciendo a la vez que las relaciones humanas con los objetos reales se tornen invisibles e irreconocibles y que esas mismas formas se constituyan como verdaderas expresiones de la vida social. Pero el proceso debe abarcar todas las manifestaciones de dicha vida social y para ellos esta racionalización del trabajo debe también producir una ruptura con los métodos jurídicos, empíricos y administrativos tradicionales (y sus vínculos materiales), instalando un sistema cerrado de puro formalismo lógico. Así por ejemplo tenemos el derecho tradicional (fluido, dinámico, irracional) transformado en un derecho especializado encarnado en juristas profesionales especializados), en correspondencia con la economía en su forma general y universal (nuevamente un perdida de la visión del todo) que debe ser coherente consigo misma, ocultando cualquier elemento contradictorio, tornándose funcional como reflejo de la situación económica o mejor dicho, de la realidad económica. Esto también ocurre en el ámbito de la ciencia moderna, que se aparta a su vez de toda problemática material y ontológica, eliminando estas esferas y diseminándolas en leyes parciales en sistemas formalistas herméticos, ocultando así el mundo exterior y su carácter cualitativo que les es inasible. De esta manera la ciencia queda incapacitada de conocer el carácter social de su propio  campo de estudio, evacuando cualquier realidad caótica y los valores que la constituyen. La filosofía se abre aquí como pura posibilidad de formar una ciencia en conjunto, una reconexión con el todo atomizado por la antes nombrada especialización, recuperando y trayendo de vuelta el sustrato material lo que esa misma división evacuo; Pero sería vano buscar alcanzar una conexión con el todo a través de la transcendencia ·”valores eternos”, pues estos mismo trascendentes, reconfiguran mediante el formalismo, las leyes naturales “dadas” entrando ellas en concordancia con las formas de pensamiento de la sociedad burguesa, sustrayendo una vez mas el sustrato material que ocurre en la ciencia, la jurisprudencia y la economía. Se hace necesario buscar una clarificación efectiva, buscando la génesis de la ciencia, el derecho, la economía  y el formalismo, penetrando el los motivos,  y la necesidad de ellos, como relación sujeta a intereses de clases, motivaciones de actos, etc. Así podríamos dar cuenta de una realidad cognoscible, en esa misma penetración de los motivos que producen dichos fenómenos pero esto no podría ocurrir si las ciencias se unificaran de forma mecánica, sino más bien se transformaran internamente a través de un método filosófico unificador. La filosofía burguesa para Lukàcs sería incapaz de ello: No porque no siente cierta “nostalgia de unidad” [1]; no porque la filosofía haya aceptado el mecanismo antimaterial de la existencia y el formalismo calculista de la ciencia, no, sino porque pata nuestro autor en el terreno de la sociedad burguesa es imposible alterar el punto de vista, la perspectiva, la visión. Puede producirse un intento de un conocimiento acumulativo enciclopédico de el saber como un todo como también poner en duda el valor del sistema de conocimiento formal en frente de la “vida misma”, pero todas estas corrientes de pensamiento estarían condicionadas por la tendencia básica del pensamiento filosófico, que acepta domo dado los resultados y los métodos de las ciencias especializadas. La filosofía quedaría atrapada en la misma lógica que busca develar, imposibilitada de entrar en la cosificación que subyace a esa lógica formal: De esta manera el mundo cosificado de los hombres se nos presente como el único mundo posible, el único conceptualizable, como el único comprensible. No hace mucha diferencia si esto es aceptado con satisfacción, con resignación o desespero ya hasta que se busque un camino de vuelta a lo místico irracional o mejor dicho la inclusión de estos elementos en el camino hacia la vida, el pensamiento burgués seguirá siendo su propio obstáculo en la senda hacia planteamientos claros sobre su génesis, su finitud, lo real y la sustancia que en ella yace perdida.

Claudio Pereira



[1] Lukács, Georg, (1923) “Historia y Consciencia de Clase), Cáp. I “El fenómenos de la cosificación” Pág. 153

DIFERENCIAS ENTRE TEORÍA TRADICIONAL Y TEORÍA CRITICA

Para Max Horkheimer la teoría tradicional es incapaz de aprehender la totalidad, porque parte de una lógica de separación cartesiana que consiste en separar el cuerpo de la mente, la cual permite configurar una idea de sujeto. Esta idea de sujeto configura las relaciones en el mundo social, el cual se encuentra cruzado por ideologías que configuran una lógica del mundo individualista basada en la competencia. Esta lógica de mundo, genera relaciones cosificadas, en la cual solo existe el sujeto en un mundo rodeado de cosas, donde “el otro” también es una cosa. Entonces, en un mundo de cosas, donde la forma de relacionarnos con otros, es también a través de cosas/objetos, la Teoría tradicional no puede aprehender la totalidad, solo aprehende fragmentos, los cuales son sacados de sus contextos. Al sacar el fragmento de su contexto, se le niega su historicidad, esta negación de la historia es parte de la condición ahistórica de la ciencia tradicional, en la cual las cosas aparecen como “dadas”, se les llama “naturales”.
En la dimensión de lo social, la condición ahistórica de la teoría permite la justificación de las estructuras sociales, o de las contradicciones en el mundo social, que se naturalizan y aceptan como dadas, de lo cual podemos sospechar que son herederas de un primer fundamento de la ciencia económica clásica “y su verdad”.
El mantenimiento justificado de las estructuras sociales y sus contradicciones, en la forma de una Teoría Social con arraigo a una tradición de la economía política clásica, y no en la filosofía, es la denuncia de cómo la Teoría tradicional tiene un sustrato ideológico que articula el orden de su discurso. La ciencia en la modernidad fue monopolizada por el poder, quien desde ahí articulo la voluntad de saber para que esta fuese funcional a sus propósitos. El conocimiento científico, se transformo en una mercancía valiosa, siempre y cuando fuese funcional al capital que la sustenta. En cambio todo conocimiento no funcional (no productivo) es considerado innecesario e incluso peligroso. Esta cosificación del conocimiento, extrapolado hasta nuestros días, ha generado una educación también cosificada, aunque es muy difícil que en estos días algo no sea cosificado para el sentido común occidental.
Podemos concluir entonces que, en la teoría tradicional en sus dimensiones epistemológica y política, el sujeto científico se relaciona en base al dualismo sujeto-objeto guardando una distancia, basada en la separación del cuerpo y la mente, lo que le genera una falsa conciencia de exterioridad respecto a lo que observa[1], esta falsa conciencia, crea la ilusión de objetividad y neutralidad política, la cual es falsa. Y finalmente el científico cosifica su objeto.
Con la célebre frase: “pienso, luego existo”, se inaugura un idealismo cartesiano, este idealismo establece un sistema jerárquico donde las ideas son quienes nos permiten articular el cosmos que nos rodea. No existe praxis sin un razonamiento previo. Esta lógica de pensamiento permite la relación sujeto-objeto, donde el sujeto decide por sobre el objeto, es decir, en palabras de Weber, ejerce una dominación.
En la sociedad burguesa y su concepción “tradicional” del mundo, representa para sus sujetos una suma de hechos,  a saber, de que el mundo existe y debe ser “aceptado”. Esta diferencia entre el hombre y sociedad nos retrotrae nuevamente a la matriz cartesiana, en palabras de Horkheimer esta diferencia entre el hombre y la sociedad expresa “la escisión propia, hasta ahora, de las formas históricas de la vida social, en el tipo de economía burguesa, la actividad de la sociedad, es ciega y concreta, la del individuo abstracta y consciente”[2]. Nuevamente se nos aparece la sociedad como algo dado, externo al sujeto, que permanece pasivo, distante y alienado.
Para la teoría crítica, solamente cuando se ven los hechos aislados de la vida social, como aspectos del proceso histórico y se los integra en una totalidad, puede el conocimiento de los hechos aspirar a convertirse en conocimiento de la realidad.
La misma concepción de mundo que el sujeto debe aceptar como algo dado y aceptado (resignado) es producto de una práctica social general, lo que percibimos en ese mundo es un modo de sentir de los hombres como resultado de la historia y esto es inseparable de la vida social que se ha desarrollado a través del tiempo. Esto se abre como posibilidad para que el sujeto pueda visualizar en una conciencia histórica el carácter transformador del mundo social desde su propia conciencia, en términos hegelianos el carácter pasajero y transitorio del mundo social.
 La tarea principal de la teoría crítica es penetrar el mundo de las cosas para mostrar las relaciones subyacentes entre las personas.

CLAUDIO PEREIRA
Primavera 2010



 El lenguaje burgués, es para Benjamín un lenguaje nominalista, donde lo nombrado es impuesto mediante una relación de poder, entre el sujeto nombrante y objeto nombrado, si solo el hombre posee lenguaje, y si la única lengua es la lengua nombrante del hombre, entonces el hombre nombra las cosas (la idea que tiene de las cosas) a su arbitrio, restringido en su nombrar únicamente por la necesidad y la utilidad a la que debe someterse su comunicación. El lenguaje humano, entonces, solo le debe fidelidad a su propia eficiencia, eficiencia que se manifiesta en las relacione de intercambio donde a través de significaciones fetiches permite que lo que quede no sea la cosa nombrada, sino su significado, perdiendo, según Benjamín, su espiritualidad.
Respecto a la concepción del autor, benjamín propone un ejercicio de lectura cualitativamente distinto al habitual que propone el lenguaje burgués, no hay una verdad que el lenguaje nos entregue, como objeto listo para ser consumido, mas allá de su forma y a pesar de esto él es, de manera indominable, inagotable, mas allá de toda intencionalidad, una manifestación de la verdad, una verdad indivisible. El lenguaje para benjamín ya es escindido de toda intencionalidad resulta ser, no un medio a través de cual cierto conocimiento se nos comunica, sino más bien un ejercicio de entrega a la lengua, un ejercicio de escucha, que da lugar a la experiencia del ser y de la lengua como verdad inaprensible, como manifestación de la espera que es tanto el ser como la lengua, de la espera, que es la historia.
Para benjamín, nada se comunica a través de la lengua, el ser espiritual se comunica en y no a través de la lengua. El modo adecuado de acercarse a la verdad no es, por consiguiente, un intencional conociendo sino un adelantarse y desaparecer en ello. La verdad es la muerte de la intensión[3]. El pensamiento de un autor no está separado de su vida, el concepto de historia de Benjamín no estaba desligado de su propia historia, de su vida en la cual el estado de emergencia no era la excepción sino la regla.
Situándonos en la teoría crítica, podemos esbozar la idea de que la teoría tradicional y en su pretensión creadora de hechos externos a investigar, lo que opera es pura intención ideológica, ideologizada e ideologizante. Nuevamente nos enfrentamos a una cosificación que ya opera a nivel de lenguaje, en su forma utilitaria e instrumental, dicho de otra manera el lenguaje que opera en la teoría tradicional y en la ciencia, es tributario de una voluntad de poder, que subyace en la misma intencionalidad que Benjamín denuncia.
CLAUDIO PEREIRA
2010




[1] En la libertad aparente de los sujetos económicos dentro  de la sociedad burguesa, estos creen actuar de acuerdo a decisiones individuales, cuando en sus más complicadas especulaciones son exponentes del inahaprencible mecanismo social. La conciencia falsa que de si mismo tiene el científico burgués en la era del liberalismo se muestra en los más diversos sistemas filosóficos.  Horkheimer, Max Teoría Crítica, Teoría tradicional y teoría crítica pp.231
[2] Horkheimer, Max Teoría Crítica, Teoría tradicional y teoría crítica

[3] Benjamín, W “El Drama Barroco Alemán” pp. 18.

EL TRABAJO ALIENADO (TEORÍA CRITICA)

Marx en el primer capitulo de el capital nos señala que en el modo de producción capitalista, el hombre aparece no como un sujeto transformador de la realidad a través del trabajo, sino rebajado a la categoría de mercancía.  El trabajo como valor de cambio, impide que el trabajador se identifique con el producto creado por él. El mismo trabajador, al convertirse en asalariado vendiendo su propio tiempo, queda reducido a objeto de mercancía o valor de cambio, a puro medio en manos del capitalista, sufriendo así un tipo de alienación.  Por una parte el hombre se separa de su proyección (que es el producto de su trabajo, deja de pertenecerle), pues el objeto que produce, se vuelve extraño a él, como un “poder independiente de quien lo produce”[1].El trabajo aparece como algo externo a el, no se identifica con el, no es feliz, no que encuentra su propia miseria en él y no su realización como ser genérico, como ser universal. “Cuanto mas produce el obrero, nos dice, menos para consumir tiene, cuanto mas valores crea, mas se desprecia y ve como disminuye su dignidad; cuanto mas se conforma su producto, mas deforme es el obrero; cuanto mas poderosos es el trabajo, mas privado es espíritu es el obrero, ya convertido en esclavo de la naturaleza”. [2] El hombre ya no aparece como un sujeto transformador de la realidad a través del trabajo (gracias al cual se desarrolla) y se proyecta en su creación a través de los productos, en los que pone su propio ser y donde la materia quedaría humanizada. Marx  acusa varias formas en las que la alineación es identificable, siendo las que describiré a continuación, algunas de las más características. Por una parte suerte la relación del hombre con el producto de su trabajo, donde el ya no se siente identificado con él, algo ajeno que lo aventaja, que lo domina, sintiendo hostilidad hacia el objeto, y este trabajo es su relación con el mundo exterior sensible, con la naturaleza, mundo que se opone a él de manera extraña y también hostil. Tenemos también la relación del obrero con su propia actividad como actividad extraña, alienada, pues tampoco le pertenece, y donde su “actividad vital”, aparece como pura actividad, como puro medio. El hombre vive de la naturaleza inorgánica como medio de sustento que modifica por su propia voluntad, como pura extensión de el mismo, pero la contradicción aparece cuando el autor da cuenta de que mientras el obrero mas produce, menos medios de subsistencia recibe, dejando así (la naturaleza) de pertenecer como objeto a su trabajo y a la vez, dejando de ser medio se subsistencia en sentido inmediato. El hombre es un ser genérico nos dice Marx, vive de la naturaleza y se conoce a si mismo, se define a si mismo en su relación con lo exterior, en su practica y en su teoría se define como universal con respeto a todo lo demás, se comporta como “genero viviente”; Pero como el trabajo alienado torna al hombre extraño a la naturaleza y a si mismo (su actividad vital activa) también lo vuelve extraño a su propio genero, a sus ser genérico y universal, primero como alienación de la vida genérica e individual, y la segunda ya hecha abstracción , el fin de la primera, la vida genérica. Pero en vista de que el hombre se ha vuelto extraño  a su ser genérico, esto también significa que el hombre se ha vuelto extraño a un otro, y que cada uno de lo hombres se ha vuelto extraño a la esencia humana. +. Y si el producto se su trabajo ya no le pertenece, ello solo es posible por que le pertenece a otro que no es el obrero. Su tormento, dice Marx, es el goce de otro y su alegría, arrebatada, es la de otro. Esta es la alineación del hombre respecto del hombre , que en tanto el obrero siente el producto de su trabajo como es algo ajeno, hostil y extraño (objetivado), esto quiere decir al mismo tiempo que está también en una relación con otro hombre extraño, hostil, poderoso e independiente de él, es el dueño de ese objeto, de su trabajo objetivado.  De esta manera el trabajo alienado no solo engendra su relación con el objeto de su trabajo y una relación con el acto mismo de él, también engendra una relación respecto de él con otros hombres, un hombre al margen de él. Por medio del trabajo alienado, el obrero entra en una relación con respeto al trabajo como en la relación del mismo con respecto al capitalista o como se le llame, con respecto a su persona. Así el profesor Marx, extrae el concepto de trabajo alienado de la Economía Política como resultante del movimiento de la propiedad privada y si este se nos presenta como premisa, no sería más que un efecto de la misma alineación del trabajo, “del mismo modo como los dioses no son, en el origen, la causa, sino el efecto de la aberración del entendimiento humano”.[3]
CLAUDIO PEREIRA




[1] Marx, Karl (1864-1877), “El Capital”, tomo I,  Pág. 101 
[2] Marx, Karl (1864-1877), “El Capital”, tomo I, Pág. 103
[3] Marx; Karl (1864-1877), “El Capital”, tomo I, Pág. 111

El FETICHISMO DE LA MERCANCÍA (TEORÍA CRITICA)

Karl Marx inaugura su escrito señalando que la forma de trabajo como productora de valor de uso no posee ninguna condición mística. Si la analizamos como  objeto que cubre necesidades humanas o la pensemos como una propiedad del mismo trabajo humano. Nos dice que es claro que el trabajo humano altera  las materias de la naturaleza para buscar utilidad en ellas; las transforma. Pero al comportarse como mercancía, el producto del trabajo adquiere un carácter místico, “La forma de la madera, por ejemplo, cambia al convertirla en una mesa. No obstante, la mesa sigue siendo madera, sigue siendo objeto físico  vulgar y corriente. Pero en cuanto empieza a comportarse como mercancía, la mesa se convierte en un objeto físicamente metafísico”[1].  Así da cuenta que el carácter de misticismo de la mercancía no emerge de su valor de uso y tampoco de lo que determina su valor, pues en el primer caso es claro que todas las diferentes formas de trabajo y producto humano y por mucho que difieran estas, representan un gasto de energía vital humana, sea nerviosa , musculosa o cerebral y en el segundo caso, que se refiere a la magnitud de valor y lo que la determina, que el tiempo utilizado en aquel gasto de energía o la cantidad de trabajo invertido, en ambas situaciones y del modo en que lo hagan, teniendo en cuenta que el hombre trabaja los unos para los otros, el trabajo de ellos, cobra forma social. Entonces nuestro autor se hace la pregunta de donde proviene el carácter misterioso que presenta el producto del trabajo cuando aparece bajo la forma de mercancía, a saber, de cuando la igualdad o equivalencia de los trabajos humanos: “asumen una forma material de una objetivación igual de valor de los productos del trabajo” [2], dicho de otra manera: La fuerza humana que se gasta,  medido por el tiempo de duración del proceso mismo, determinan una magnitud de valor que traduce la función social de los trabajos, en una relación social entre los mismo productos del trabajo, despojándolo de toda cualidad. Entonces, nos dice, el carácter misterioso de la forma mercancía estaría dado en que proyecta ante nosotros, el carácter social de los propios hombres, como si de un carácter material de los productos del trabajo se tratara, una supuesta “naturaleza” social de los objetos, encubriendo las relaciones sociales que producción entre productores y el trabajo colectivo de la sociedad, estableciendo una relación entre los propios objetos. Se torna una relación fantasmal entre objetos que oculta la relación social concreta de los hombres. A esto Marx le llama Fetichismo de la mercancía, efecto que es inherente al modo de producción capitalista. El hecho de que los objetos adopten formas independientes, se explica en que son productos de trabajos privados independientes los unos de los otros, su conjunto, es el trabajo colectivo de la sociedad. Al funcionar los trabajos privados como trabajo colectivos por medio de las relaciones de cambio que se establecen entre productos  y  a través de ellos, sus productores,  aparece no las relaciones sociales entre personas y sus trabajos, sino más bien como relaciones sociales entre cosas.[3] Y es en el acto cambiario donde se produce es desdoblamiento del producto del trabajo en objeto útil y la materialización u objetivación de valor. Pero para ello los trabajos privados adquieren un doble carácter social. Por un lado son trabajos útiles concretos (satisfacen determinadas necesidades sociales). Pero para que estos trabajos privados puedan ser objeto de cambio por cualquier otro trabajo privado útil, debe buscarse un equivalente, dicho de otra manera, se debe reducir a un carácter común  como  desgaste de fuerza de trabajo, como trabajo humano abstracto. Dicho esto, los hombres no relacionan entre si los productos de su trabajo como valores a sabiendas que estos son solo envolturas materiales del trabajo humano; lo hacen en sentido contrario, pues equiparan precisamente los trabajos privados unos con otros en la forma de valores, dicho de otra manera; equiparan sus trabajos humanos como algo que no lleva escrito lo que es. “Convierte a todos los productos en jeroglíficos sociales”[4] .  Y estas formas adquieren ciertas fijezas en el tiempo, por fuerza de la costumbre, se cristalizan, como si de la naturaleza emergieran. Y así mismo surge una conciencia científica que piensa los trabajos privados como independientes unos de otros, pero que aunque eslabones de la División social del trabajo, pueden reducirse a un grado de proporcionalidad que posee características de ley natural reguladora del tiempo socialmente necesario. Esta magnitud determinada por el tiempo de trabajo es el secreto que esconde las valoraciones a las mercancías.  Esta manera de comprender estas formas, lo que hace es encubrir su carácter histórico, por lo tanto pasajero y transitorio de las mismas, solo definiéndose por el contenido de esas mismas formas; encubre las relaciones sociales y son precisamente esas formas las que constituyen las categorías de  la economía burguesa [5]. Formas psíquicas aceptadas por el mundo social, objetivas y funcionan como un régimen social históricamente dado que es la producción de mercancías. Esto se evapora al comparar Marx, este modo de producción con otro anteriores a el. Observa, imaginativamente que el modo de producción feudal, se trataba de una relación de sujeción vinculante personalmente, y esto hacia que los trabajos y los productos no revistieran formas fantásticas encubridoras de su realidad. Dicho en otras palabras, la relaciones sociales de producción se nos aparecen como visibles, al alcance. Es la economía política clásica la que pese al haber estudiado las formas y dado con el contenido del concepto valor y su magnitud, no se ha preguntado por qué este contenido reviste esa forma, por qué el trabajo toma materialidad en el valor y por qué la medición del trabajo según el tiempo de duración se convierte en magnitud de valor del producto del trabajo. Se tratan, para la economía política, de formas que llevan implícitamente un determinado régimen de sociedad en que es el proceso de producción el que domina al hombre y no este sobre el. Pero el pensamiento burgués lo considera como algo necesario por naturaleza, lógico y evidente, nos dice, como la propia productividad del trabajo.

CLAUDIO PEREIRA
Otoño 2008




[1] Marx,Karl (1844) “Manuscritos Económicos Filosóficos” , Pág. 37
[2] Marx, Karl (1844) “Manuscritos Económicos Filosóficos”  Pág. 39
[3] Marx; Karl (1844) “Manuscritos Económicos Filosóficos”,  Pág. 38
[4] Marx; Karl (1844). “Manuscritos Económicos Filosóficos”  Pág. 39
[5] Marx; Karl (1844). “Manuscritos Económicos Filosóficos”, Pág. 41